El famoso escritor español José Joaquín de Mora nos regala una exquisita diferenciación

entre 3 vocablos que suelen utilizarse sin discriminar unos de otros:

«Excusa es una evasión, disculpa es una justificación; pretexto es un motivo ligero o falso. Se alega una excusa para negar un favor, para no cumplir con una cita, para no ejecutar lo prometido. Se presenta una disculpa para evitar el castigo, para invalidar una acusación, para defenderse de un cargo. Se busca un pretexto para meterse uno donde no le llaman, para ausentarse el empleado de la oficina, para salir un convidado del banquete antes de tiempo.»

Sin invalidar esta riqueza que nos regala el idioma español, según como yo lo veo, estos tres términos convocan un mismo compromiso: no hacerse cargo de la situación pasada, presente o futura a la que hagan referencia.

Al utilizar cualquiera de estas tres palabras, lo que estoy haciendo es explicar, justificar y/o describir una situación básicamente relacionada con la “no-posibilidad”, con lo cual, después de esgrimir una excusa, después de invocar disculpas, después de exponer pretextos, el mundo sigue estando en el mismo lugar que antes, o sea, las situaciones no se modifican, aunque sí impactan en el futuro del que habla… Se puede, tal vez, tener la sensación (o imaginación, o la ilusión) de que la ingeniosa excusa me hizo “zafar” de tal consecuencia, de que la delicada disculpa me liberará de un eventual castigo, de que el astuto pretexto me permite “sortear” alguna dificultad “embarazosa”…

La pregunta que me surge es, ¿nos sirve vivir en el mundo de las excusas? ¿No estaremos, tal vez, por medio de la excusa, encontrando una “solución” al “problema” en el presente, trasladándolo hacia otro momento de mi futuro? ¿O quizás, “sacándonos” un “problema” en nuestra vida pero  trasladándoselo a la vida de otro/s?

Las excusas/disculpas/pretexto tal vez sirvan en lo inmediato, pero, ¿qué futuro estamos construyendo si los cimientos se fundan en estas acciones?

Quiero poner un ejemplo que nos puede ayudar a discernir este dilema:
Cuando considero que el mundo, el planeta, es una herencia de mis padres, de mis antecesores, en tanto herencia, tengo derecho a usufructuarla como mejor me parezca, incluso, tengo derecho a dilapidarla, si quisiera. Muy distinto sería que considerara al mundo o al planeta, como un préstamo de mis hijos y sucesores. En este caso, como toda “cosa” prestada, tengo también el derecho de usufructo, pero en este caso, también asumo el compromiso de devolverlo (ya que es un préstamo) y devolverlo en –al menos—las mismas condiciones en que me fue prestado, mediante la preservación (conservación y protección) de la cosa. Un  cambio en la interpretación de las cosas observadas (en este caso, el mundo/planeta) produce un cambio en nuestros pensamientos, acciones, hábitos, conducta, y consecuentemente, un cambio en nuestro futuro.

Utilizar las excusas/disculpas/pretexto, sería como  utilizar al lenguaje como “herencia”, y lo que estamos “dilapidando”, es un recurso clave para las relaciones humanas: la confianza. En la medida en que la excusa se “cae” por su propia inconsistencia, se revela la falta de sinceridad de quien la alega, y como consecuencia, la confianza se ve dañada, e incluso, puede llegar a desaparecer.

Utilizar al lenguaje como “préstamo” sería hacernos cargo de nuestras respuestas ante las diferentes circunstancias de la vida, hacernos responsables (capaces de responder) de la manera más efectiva posible. Y lo que estaríamos “preservando” para el futuro, también sería la confianza.

¿Qué pasaría si, en lugar de excusarme por no asistir a una cita, elijo hacerme responsable de mis preferencias y expresarme responsablemente haciéndome cargo de ello?

¿Qué pasaría si, en lugar de disculparme por no cumplir con lo prometido, elijo hacerme responsable de mis elecciones y, ante la eventualidad del no cumplimiento, negociar un re-compromiso?

¿Qué pasaría si, en lugar de buscar un pretexto por mi ausencia en el trabajo, elijo hacerme responsable y hacer un pedido?

 

Autor Marcelo Molina