Los siete pecados capitales de esos jefes que se caracterizan por sacar las ganas de trabajar hasta al más voluntarioso.

 

Durante el año pasado llevé adelante un ejercicio, sin mucho rigor científico, pero al menos con significativo valor anecdótico. En conversaciones distendidas pregunté a alumnos de los programas del IEEM cuáles eran, en su opinión, las “conductas más desmotivadoras” de quienes en algún momento habían sido sus superiores. Mi primera sorpresa fue encontrar que me respondían con mucha naturalidad, propio de quien responde a algo que no le es extraño. La segunda, que las respuestas se repetían bastante. Luego de cada una de esas charlas, apuntaba las respuestas, identificando similitudes a veces ocultas en la forma de expresarlas. Al volver de las vacaciones me entretuve clasificando las respuestas y sin mucho esfuerzo identifiqué los siete pecados capitales de esos jefes que se caracterizan por sacar las ganas de trabajar hasta al más voluntarioso.

 

Atrasar decisiones: el trabajo del jefe exige tomar decisiones. No quiere decir que deba tomar todas las decisiones, pero hay situaciones en que los subordinados no están en condiciones de seguir adelante si el jefe no decide. Por algún motivo, hay personas que se caracterizan por demorar sin razón aparente la decisión, en muchas ocasiones con el argumento falaz de una falsa prudencia que exigiría un mayor tiempo de análisis.

 

Buscar siempre más información: cada vez que se presenta un proyecto o simplemente una propuesta de hacer algo, el jefe retruca exigiendo más análisis, más búsqueda de datos, focus group, cuestionarios, procesamientos de datos históricos, etc. En definitiva, al que propone hacer algo, no solo se le dice que no sino que le cae encima una carga de trabajo extra, que para peor suele considerar irrelevante y de nula utilidad.

 

Consentir injusticias notorias: en cualquier lugar de trabajo siempre va a haber quien perciba como injusta una u otra decisión de su jefe; sin embargo, hay jefes que se caracterizan por tolerar situaciones de escandalosa injusticia en el trato comparativo, como puede ser cuando en una oficina es notorio que una persona no hace su trabajo como debería pero el jefe lo tolera, a la vez que le dispensa un trato igualitario con el resto del personal.

 

Desconfiar del que sabe: una persona que notoriamente sabe de algo, con antecedentes  exitosos en algo similar a lo que se está proponiendo, recibe ante un planteo concreto una respuesta escéptica sin fundamento serio, acerca de que quizás las cosas no sean como él las presenta.

 

Exagerar en los temores: ante propuestas de acción algunos jefes se caracterizan por escudarse en todo tipo de contingencias eventuales que desaconsejan aprobar la propuesta. Incluso en ocasiones los subalternos refutan en forma contundente esos temores, pero el jefe insiste aferrado a probabilidades mínimas o riesgos potenciales incomprensibles.

 

Fijar metas más altas a los otros que a él mismo: si hay algo que desmotiva hasta al más animoso es que un jefe pida mucho pero dé poco. Se trata de esos  jefes siempre dispuestos a exigir pero nunca a ayudar y que encima son condescendientes consigo mismos.

 

Generalizar el reconocimiento en forma socializante: no es obligatorio reconocer los logros de los subordinados, aunque no hace falta hacer un máster para saber qué es una práctica sana y recomendable. Sin embargo, si la felicitación va a ser realizada en forma socializante, extendiéndola por igual a aquel que la merece que a aquel que no, o al menos en grados muy diferentes, no solo desmotiva al que realmente merecía el reconocimiento, sino incluso más aún al que sabe perfectamente que no le corresponde, pues a menos que sea tonto sentirá vergüenza por esos galones que no le corresponden.

 

Si bien esta lista de siete errores capitales concentra gran parte de las respuestas que obtuve en mi relevamiento informal, lo que más me sorprendió fue que parecería que los jefes que se caracterizan por ser grandes desmotivadores reúnen estas siete características. En realidad si uno lee con detenimiento cada una de las siete faltas, percibirá una dinámica por la cual se retroalimentan, conformando un coctel perverso en el cual se crean las condiciones de frustración de subordinados brillantes y con enormes ganas de hacer cosas.

Si a esta altura de la lectura estamos pensando en este o aquel jefe que nos sacó las ganas de trabajar, quizás convenga hacer un poco de autoanálisis y controlar si con los años no habremos adquirido varias de estas malas costumbres, que como todos los vicios se nos pueden pegar de a poquito, casi sin darnos cuenta.

Por Pablo Regent

Publicado en Café & Negocios, El Observador, 14 de marzo de 2012.